(Tit. español: El conformista)
Il conformista, de Bernardo Bertolucci, ha salido recientemente en dvd en Italia, donde nunca se había distribuido en vídeo por un problema de derechos de autor. La edición de Raro Video, que muestra la versión restaurada, incluye un video-ensayo del crítico Adriano Aprà y una interesante entrevista de una hora con el director. El mismo Bertolucci firma el guión (nominado al Oscar), adaptación de la novela homónima de Alberto Moravia, y conquista su primer éxito internacional, a la edad de 29 años (empezó a hacer cine a los 19, como ayudante de Pasolini). A Storaro le valió el pasaporte a Hollywood y el inicio de su colaboración con Coppola.
En la Italia fascista del 38, Marcello Clerici (Jean-Jouis Trintignant) recibe el encargo de asesinar en París a un exiliado político, antiguo profesor suyo en la universidad. La operación se ha de llevar a cabo durante el viaje de bodas del doctor Clerici, que sin embargo se enamora de la joven mujer del profesor... Pero más allá de la trama político-policíaca, lo importante aquí es el retrato del protagonista, el voluble Clerici, que en su irrefrenable deseo de ser como los demás, de ser “normal”, acaba negándose a sí mismo, llevando una vida que no es vida, en la que abrazar el fascismo para después repudiarlo no es más que una manifestación de una profunda fractura interior.
Se encuentran muchos de los elementos que se repetirán después en Novecento: el fascista pedófilo, el sacerdote antipático, el ambiente sexualmente ambiguo y desinhibido, la crueldad, la pistola, la caída de Mussolini, los colores y los tonos, la bella fotografía de Storaro, la vacuidad de los personajes que componen un retrato desolador, melancólico, irremediablemente triste. La música, muy apropiada, es de Georges Delerue, habitual de Truffaut y Godard. El vestuario, de Gitt Magrini, también colaboradora de la Nouvelle Vague. Como es de la Nouvelle el gusto por saltarse las reglas del montaje clásico y por las citaciones (el primer plano de la foto de Stan & Oli). Original el modo de estructurar las escenas, empezando a veces sin dar el contexto, para provocar la sorpresa en el espectador. Montaje no lineal, gracias a una sugerencia del montador Kim Arcalli, de quien Bertolucci se siente deudor. Llamativo el modo de interrumpir con un inserto lo que había sido concebido como un plano secuencia (la escena es la que Clerici se baja del coche y recuerda cuando era niño y caminaba también delante de un coche).
Gran parte del metraje es un flashback que comienza durante la persecución en coche del profesor Quadri; el conformista hilvana recuerdos, remontándose hasta el acontecimiento clave que lo llevó a querer ser como los demás: el intento de abuso sufrido a los once años por parte de un pedófilo, a quien presumiblemente acabó matando. El metafórico plano con que concluye la película, muy expresivo, muestra a Clerici detrás de unos barrotes, encerrado en un conformismo que le ha llevado a privarse por siempre de su libertad. La película posee la elegancia y el dinamismo propios del cine de Bertolucci, con mucho movimiento de cámara armonioso (hoy es más
frecuente, pero en esa época no tanto), y regala al espectador tres o cuatro momentos muy brillantes. Mi favorito es el de la violetera, con los niños saliendo debajo del coche y cantando La Internacional, pero también podría citar la escena del inicio en la radio o la oleada de hojas secas en el jardín de la villa romana (homenajeada por Paul Schraeder en uno de sus filmes).
En la mencionada entrevista del dvd, Bertolucci hace otra lectura del final. Recordemos que un momento antes, Clerici, en un paseo nocturno por las degradadas inmediaciones del Colosseo, encuentra al pedófilo que años atrás intentó abusar de él y a quien creía haber matado. Lo acusa de fascista y de haber asesinado al profesor Quadri, y el pedófilo acaba escapando. Según Bertolucci, en ese momento Clerici, liberado del sentido de culpa que lo impulsaba a conformarse con la masa, parece atisbar, por vez primera, que su diversidad no se encontraba en el hecho de ser un presunto asesino, sino que era algo más hondo y hacía referencia en último término a su ambigüedad sexual. Por eso termina sentado ahí, mirando de reojo a un joven prostituto, como aceptando finalmente su condición.
Bertolucci reconoce la influencia del psicoanálisis en su cine. Por lo que respecta a esta película, en una entrevista del 71 afirmaba que, más allá de las apariencias, “todas las relaciones que unen a los personajes son casi sexuales, basadas sobre una especie de intercambio magnético y sensual”. Sin embargo, lo que en su opinión ha sido una ayuda y un modo de profundizar en las historias, parece más bien un pesado lastre: sus personajes tienen poco recorrido, a menudo son meros peleles pasivos, esclavos de sus pasiones. Quizá sea esta la causa del reduccionismo antropológico de sus guiones, que contrasta con la indudable riqueza formal, estilística, de sus películas.