Concluido el rodaje de un filme sobre la vida de Jesús —This Is My Blood—, la actriz que interpreta María Magdalena, Marie Palesi (Juliette Binoche), sufre una conversión mística que la lleva a dejar todo y marcharse a vivir a Jerusalén. Un año después, Ted Younger (Forest Withaker), presentador de un talk-show televisivo en plena crisis conyugal que prepara un programa sobre la película, va en su búsqueda para entrevistarla.
Al resumen de la trama habría que añadir dos personajes secundarios pero importantes. Uno es el vanidoso y cínico director de This Is My Blood. Su propósito es contar la historia de Jesús en un modo nuevo, tomando en consideración ciertos escritos apócrifos que describen la Magdalena como una líder de los apóstoles. No hay en su intento deseo de verdad y mucho menos de afrontar sus consecuencias. El otro es la mujer del periodista, que espera un niño y se lamenta, con razón, de la infidelidad de su marido. En el momento más crítico, el periodista se desahoga por teléfono con la actriz Marie Pelosi, lamentando que no consiga hablar con Dios porque ni siquiera está seguro de poseer la fe. Y ella le explica que Dios nos ha enviado su “mensajero” Jesús para que podamos hablarle. Animado, el periodista entra en una capilla y reza sinceramente: pide perdón por sus pecados e, implorando la misericordia divina, ofrece su vida por las personas que ama. Un gesto de generosidad y confianza que le gana el don de la fe y lo ayuda a cambiar y a entender que Dios es amor. Ésta es la idea esencial que el filme parece querer transmitir. No se trata, en cualquier caso, de algo fácil, porque la fe auténtica se muestra con obras, como vemos en el caso de la actriz pero no del periodista (“hace falta coraje —se dice en un determinado momento— para caminar en la verdad y llegar a ser plenamente humanos”). Puesta en obra, viene a decir el filme, la fe produce una paz interior que contrasta con el mundo loco y atormentado en que vivimos, reflejado en la violencia percibida tanto en las calles de Nueva York como en Jerusalén.
Hasta aquí todo parece claro y cristalino, pero el filme es mucho más confuso (añadiría “tramposo”) de cuanto se aprecia en una primera lectura. El periodista invita a su programa a muchos “expertos” que expresan su opinión sobre el Salvador. Y estos no son actores, sino estudiosos más o menos famosos que, representando el papel de sí mismos, coinciden en relativizar —o incluso negar— la historicidad de los Evangelios, a la vez que dan peso y protagonismo a la Magdalena. Así, el filme sigue la estela del exitoso Da Vinci Code, inspirado en los textos apócrifos de Nag Hammadi (localidad egipciana donde fueron encontrados en 1945), redactados entre los siglos II y III d.C., privados de garantía histórica y coherencia escriturística. Ferrara no se casa con ninguna de las tesis defendidas por los expertos, más bien se muestra favorable a admitir todas (excepto la que cuenta con más datos a su favor, el reconocimiento de la historicidad de los Evangelios), probablemente porque para él —como dice el presentador del talk-show— lo importante no es la narración de la historia sino el hecho de que Dios es amor y nos lleva a amar a los demás. Lo que es verdad. Pero si es también verdad que Dios se ha manifestado en Jesús, entonces la historia no puede ser algo indiferente; afirmar lo contrario sería pecar de incoherencia (como sucede, a fin de cuentas, a la película).
Ferrara hace converger los puntos de fuerza de su mensaje en la heroína, la actriz Marie Pelosi. Ésta, que alejándose del mundo ha encontrado pureza y paz interior, cree en Jesús y reza en los santos lugares, pero celebra la Pascua con los hebreos y evita ligarse a una confesión religiosa concreta. De esta manera, el filme se convierte en una defensa de la religión “a la carta”, en la que lo único que cuenta es quererse bien y comunicarse directamente con Dios (un Dios personal pero a la vez sumamente indeterminado), y en la que el resto, Iglesia incluida, aparece como una superestructura superflua, edificada sobre una mentira (si aceptamos la teoría de la Magdalena como “piedra” sobre la que en realidad debería haber sido edificada).