(Tít. español: No es país para viejos)
En la árida frontera entre Estados Unidos y México, Llewelyn Moss (Josh Brolin) encuentra un maletín lleno de dinero, en un lugar donde no mucho antes ha tenido lugar un tiroteo entre dos bandas. Llewelyn se quedará con el maletín, pero tendrá que escapar y poner a salvo a su joven mujer Carla Jean, al descubrir que tanto las bandas implicadas como un killer psicópata llamado Anton Chigurh (Javier Bardem) son capaces de cualquier cosa con tal de recuperarlo. Mientras tanto, también el sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones) busca a Llewelyn, sobre todo para protegerlo de la furia asesina de sus perseguidores.
Los hermanos Coen adaptan fielmente la espléndida novela de Cormac McCarthy del mismo título. La voz de la conciencia en la historia es la del sheriff Bell, hombre tranquilo y paciente, buen escuchador y felizmente casado que está a punto de jubilarse, cansado de contemplar un mundo a la deriva que con el pasar de los años no hace más que empeorar (estamos en 1980). A pesar de su veteranía, el sheriff continúa sorprendiéndose ante la inefable capacidad del hombre para inventar nuevos modos de casar el mal. Siente nostalgia por la sociedad de antes, cuando podía hacer su trabajo sin llevar un arma, cuando la gente respetaba la autoridad y no se habían perdido del todo determinados valores. Con la vejez, el sheriff Bell esperaba que Dios entrase en su vida, iluminándola un poco, y sin embargo... sigue esperando. En el extremo opuesto se halla el psicópata Anton Chigurh, hombre-máquina de quien no conocemos nada y mucho menos sus motivaciones. La impresión es que éstas van más allá del dinero. Hace el mal caprichosamente, a veces obedeciendo un absurdo código de conducta personal. Tiene por costumbre asesinar o salvar la vida de quien se cruza en su camino jugando a cara o cruz. Como si fuese el brazo del destino, como si su libertad con contase, como si fuese el azar y no él a decidir.
Como en otras películas de los Coen (sobre todo en Fargo, a la que se asemeja en tantos aspectos), el dinero se encuentra en el centro de todos los conflictos, con su extraña habilidad para arruinar la existencia. Pero el discurso parece ir más allá, para reflexionar sobre el misterio inexplicable del mal. En la novela, el contrapunto del sheriff resulta fundamental. En la película, sus sabios monólogos sobre la naturaleza humana y el mundo que cambia han quedado un tanto minimizados. No es que no estén; se encuentran (ciertamente reducidos) en su voz en off y un poco diseminados a lo largo del metraje en distintos diálogos; y el desaliento que comunica Tommy Lee Jones con sus miradas, así como la forma de hablar, son los mismos del libro.
Pero sí es verdad que el sheriff Bell de la película pierde protagonismo frente al insensible e inhumano Chigurh. A la vez, hay que reconocer que ni el libro ni la película se limitan a constatar la presencia del mal. La sombra del fatalismo es innegable, pero no definitiva. En la novela esto es más claro; pero tampoco en el filme faltan aspectos y comentarios favorables a la libertad y responsabilidad humanas, y bondad de algunos personajes (la encantadora e ingenua Carla Jean, o Loreta, la fiel mujer del sheriff) bastan para abrir un resquicio de esperanza. En esta línea, resulta muy significativo el último sueño del sheriff Bell: el fuego continuará encendido en la oscuridad. ¿No es esto un claro símbolo de esperanza? Como lo es el hecho de que él, llegada finalmente la jubilación, continúe aguardando pacientemente que Dios entre en su vida.
Ritmo y factura impecables. Cuatro Oscar: mejor película, dirección, guión adaptado y actor secundario (Bardem).