Uno de los temas predominantes en la filmografía de Woody Allen, quizás el tema, es la insatisfacción de la vida cotidiana, la tensión entre la aspiración a la felicidad, al ideal, a una vida plena, y la limitada y prosaica realidad. Esa ruptura en el interior del individuo, que Allen no comprende ni resuelve pero que manifiesta con acierto, se traduce a menudo en el deseo de escapar con la imaginación (el refugio del arte) y proporciona un inevitable toque nostálgico a todo su cine. Dicha tensión o ruptura se encuentra, de algún modo, en todas sus películas (junto a otros temas queridos del director americano: la muerte, los caprichos del destino, etc.), pero en algunas se halla de forma muy explícita, como en La rosa púrpura del Cairo o la reciente Midnight in Paris. Sin embargo, a diferencia de en La rosa..., aquí Allen parece tomar partido por la aceptación de la realidad: sólo en esa aceptación es posible ser auténtico, vivir una libertad verdadera e intentar realizarse como persona y artista.
Fluidez narrativa envidiable, gags, diálogos brillantes y divertidos, música deliciosa... y un cartel ingenioso y con tirón comercial. Allen rueda con una naturalidad pasmosa y hace que todo parezca fácil. Y una vez más vuelve a manifestar ese don tan suyo de apuntar temas enjundiosos con gracia y ligereza.