El pasado martes falleció el director griego Theo Angelopoulos. Fue atropellado por una motocicleta y murió pocas horas después en un hospital de Atenas, donde se encontraba buscando localizaciones para su próxima película. Tenía 76 años. En 1995 había conquistado el Gran Premio del Jurado en Cannes con La mirada de Ulises. Y en 1998 se llevó la Palma de Oro en el mismo festival, con esta película de hermoso título que ahora comentamos: La eternidad y un día.
El argumento es exiguo. (Y el estilo, sosegado y contemplativo, con largos planos secuencia, marca de fábrica de este personal director.) Antes de entrar en el hospital para recuperarse de una enfermedad que aparentemente lo llevará a la muerte, el escritor Alexander (Bruno Ganz) visita fugazmente a su hija para dejarle el perro y algunas cartas, y descubre con tristeza que ésta y su marido han vendido la villa marítima en la que había crecido. Después, ayuda a un niño albanés a escapar de una red clandestina. Y entre una cosa y otra echa las sumas de su vida: recorre algunos lugares queridos, habla con su madre y su mujer Anna, ambas difuntas pero presentes en su imaginación de poeta. Su angustia se resume en unas palabras que dirige a su madre: “¿Por qué nada, mamá, ha ido como esperábamos... por qué? ¿Por qué estamos condenados a marchitarnos, indefensos, divididos entre el dolor y la esperanza? (...) Dime, mamá ¿por qué no hemos sabido amar?”.
A las puertas de la muerte Alexander se arrepiente de no haber aprovechado mejor sus días, de no haber vivido mejor, de no haber sabido amar. Ha vivido alejado de los suyos, en sus libros, en sus viajes, y ahora escucha insistente la voz de su difunta mujer que, quizá recordando una ocasión perdida, le suplica: “Dame este día, aunque sea el último, estoy aquí y te espero temblando”. Y él la abraza. Su imaginación evoca, con fragmentos de memoria, momentos pasados juntos, momentos que nunca deberían acabarse.
“Dulce es la vida”, sentencia un antiguo poeta surgido también en el divagar de la memoria del protagonista. Pero la inquietud de Alexander es que la vida, además de dulce y breve, no se sabe adónde nos lleva. “¿Dónde estás? ¿Qué habrá allí donde vamos?”, pregunta a su mujer Anna. Y ésta le responde: “Ahora miro el mar por siempre”. Alexander intuye el fin y atisba la luz: “Esta noche pasaré a la otra orilla. Todo es verdad... todo es espera de la verdad”. La limitación humana, el desconcierto ante el inexorable pasar del tiempo, la inevitabilidad de la muerte y el deseo de una existencia plena vivida en el amor... son las cuestiones que lo acechan al final de su existencia: “¿Cuánto dura el mañana?”, pregunta a su mujer; y ésta responde: “Una eternidad y un día”.